LIBRERÍA VIRTUAL

Mayo 2023

«La fuerza del Espíritu Santo en nuestros días«

Por Miguel Collado.

Para iniciar este momento, haremos el gesto tradicional de nuestra fe en la entrada de nuestras reuniones y nuestras liturgias. Estaremos en presencia de la Trinidad, haremos esta reflexión en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Este gesto, tantas veces repetido nos muestra un camino espiritual: es la manifestación de nuestra fe. Creemos en un Padre que nos creó por amor, que nos regaló la creación y la libertad de elegir nuestro propio destino.  Que cuando se percató que, cuando haciendo uso de esa libertad, dejamos de centrarnos en Él y nos pusimos nosotros en el centro, comenzamos a sufrir, a angustiarnos y nos confundimos en interpretar su voluntad. Dios no dudó en que el Hijo de la Trinidad se encarnara en Jesús de Nazaret con la misión de transmitirnos como es el Reino de Dios, reino de amor, reino de perdón, reino de servicio. Y Jesús vivió con nosotros, se despojó de su divinidad y se hizo plenamente humano. Formó una comunidad de apóstoles, de los que nos sentimos parte, heredando la misión de trasmitir el Evangelio: la buena noticia de Jesús.   A esa comunidad, el mismo Jesús, antes de volver a los cielos, les dejó su Espíritu, el cual permanece en todos hasta el final de los tiempos, habitando en cada uno de nosotros. Esta es una muy breve síntesis de nuestra fe, en que se aproxima una primera respuesta al tema que nos convoca. El Espíritu Santo es la fuerza de Jesús, enviado del Padre que permanece con nosotros en nuestros días.

Desde la Espiritualidad Ignaciana, vivimos este mismo proceso a través de los Ejercicios Espirituales, en que al comienzo Ignacio nos ubica como hijos creados por el Padre con un objetivo claro, expresado en el Principio y Fundamento (“El ser humano fue creado por Dios para …”). Luego en el período de Primera Semana, recorremos nuestra respuesta al amor creador del Padre y nos reconciliamos y nos gozamos de su misericordia. Es la expresión ignaciana de lo que en la tradición de la Iglesia se ha denominado la “vía purgativa”. A continuación, Ignacio nos invita a conocer a Jesús que nos llama a ser parte de su proyecto, para conócele más, de modo que nos enamoremos de Él y así podamos seguirle mejor. La Buena Noticia de Jesús ilumina nuestras vidas, con los textos de Segunda, Tercera y Cuarta Semana, y así ordenamos nuestros afectos y proyectos. Es lo que la tradición ha denominado la “vía iluminativa”. Al final de los Ejercicios, Ignacio nos propone la Contemplación para Alcanzar Amor, que es el pórtico hacia la existencia ordenada, reconociendo y haciendo la voluntad de Dios, al que encontramos en todas las personas y al interior de nosotros mismos. Esto es lo que la tradición ha denominado “vía unitiva”. He aquí una segunda respuesta al tema de hoy: En nuestros días nos movemos con la fuerza del Espíritu Santo para servir y amar a Dios presente en nuestros hermanos y hermanas plenamente unidos a la enseñanza de Jesús.

Otra forma de aproximarnos a este proceso es nuestro modo de orar. La oración es la forma en que nos comunicamos con la divinidad. En la niñez nos enseñaron a rezar, repitiendo frases que nos presentaban al Ángel de la guarda, nuestra dulce compañía, al que nos encomendábamos todas las noches. Cuando a Jesús le pidieron que les enseñara a orar, les transmitió la oración del Padre Nuestro. Nuestra tradición, nos ha enseñado también a dirigirnos a la virgen María, a través del Ave María y con ello toda una devoción con el Rosario nos ha acompañado por siglos. Otro tipo de  oración, la reflexiva, le da servido a muchos a encontrarse con Dios. Aquí, a partir de la lectura de textos bíblicos, principalmente de los evangelios, somos capaces de reconocer en ellos inspiraciones que, reflejadas en nuestra vida, nos permiten mejorar y encontrar la voluntad de Dios en nosotros. Es lo que Ignacio denomina “reflectir”. Otra forma de orar, es la inspirada en “el coloquio”, en que logramos conversar con Jesús, con María o con el Padre, para comentarle nuestros sentimientos en la cotidianidad y así, examinando nuestro día, nuestras acciones, nos dirigimos a Dios, dando gracias por las cosas buenas que nos pasan, pidiendo perdón por nuestras infidelidades con El y pidiendo ayuda para avanzar al día siguiente unidos a su santa voluntad. Por último, nos encontramos con la oración del silencio o del corazón, en que nos dejamos tocar por el Espíritu que está siempre en nosotros. Dios nos contempla y nosotros lo contemplamos desde el silencio, vaciándonos de lo que acuñamos como nuestro. Le decimos que reciba toda nuestra libertad, memoria y entendimiento, todo lo que tenemos, para estar con su amor y su gracia, pues es todo lo que necesitamos para vivir en paz unidos a Él. Esta es una tercera respuesta al tema de hoy: Al Espíritu Santo nos ligamos en el silencio, abstrayéndonos de nuestros pensamientos y sentimientos para dejarnos amar por El y así vivir en su gracia.

En resumen, el Espíritu Santo es la manifestación de Dios en nuestros tiempos, lo encontramos en nuestra interioridad, anida en cada uno de nosotros. En todos y en todas. Probablemente en algunas personas sea más visible que en otras, pues su luz puede ser cubierta por la capa oscura de nuestros egoísmos, rencores, resentimientos y odios que endurecen nuestro corazón y nublan la luz del amor, del perdón, de la solidaridad, de la justicia y la plenitud que son propios de la fuerza del Espíritu Santo. Es parte de nuestro trabajo consciente el dejar de revolotear por sobre esta capa oscura, tener el coraje de penetrarla y atravesarla para encontrarnos con la luz del Espíritu Santo.

Conscientes de que la fuerza del Espíritu Santo está presente en nosotros hoy y también lo está en todos nuestros hermanos y hermanas, conscientes que todo lo que hagamos o no hagamos a cada uno de ellos se lo hacemos a Dios mismo, que habita en todos, probablemente ayudaremos más otras personas, porque con ello ayudamos a Dios, cuidaremos de ellas, porque así cuidamos a Dios, amaremos más, porque así amamos a Dios y todas las buenas acciones que nos nazcan serán formas de reverenciar, amar y servir a Dios nuestro Señor.

Del mismo modo tener consciencia de que cuando miramos con desprecio a otra persona, despreciamos a Dios, cuando ignoramos a nuestros semejantes, ignoramos a Dios, cuando traicionamos, abusamos, golpeamos o maltratamos, es a Dios a quien se lo hacemos, pues en ellos y ellas está presente el Espíritu Santo en nuestros días y siempre.

Ese mismo Espíritu nos ayuda siempre a ser consecuente con nuestra fe, de nosotros depende dejarlo actuar y de esta forma avanzar hacia el fin para el cual fuimos creados

Que así sea.

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